AMENÁBAR, O LA AMBICIÓN
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Actualizado: hace 22 horas
AMENÁBAR, O LA AMBICIÓN
¿Ambición literaria, cinematográfica, histórica, filosófica, cognitiva? Pues en ello estamos con Amenábar. Su obra se caracteriza, no me lo negarán Vds., por acometer (cual miura lanzado) grandes preguntas, de Ser o no Ser.
Las pasiones brutales y asesinas, ¿innatas?, en Tesis.
El ansia de perdurar a cualquier precio en Abre los Ojos.
La presencia de los muertos en Los Otros.
El deseo de dejar la existencia en Mar Adentro (¡cómo no fue Oscar Bardem!).
El nacimiento de la ciencia experimental moderna, la esencia del saber, en Ágora.
La posesión diabólica en Regresión (para mí, la más floja suya).
Las causas de la lucha fratricida, y del difícil heroísmo en ella en Mientras dure la Guerra.
El carácter de la creatividad literaria, aquí como la facultad para narrar, en El Cautivo.
Y ahí suma y sigue…, porque confío en que el madrileño siga en su empresa muchos años.
En estas líneas voy a poner el foco en dos de ellas, porque a mi modo de ver (y entender) reflejan las elevadas pretensiones de nuestro director.
En Ágora Hipatia descubre las órbitas elípticas y el principio de relatividad del movimiento (galileano), con lo cual analiza nada más y nada menos que el origen y sustancia de nuestro conocimiento objetivo, i. e. la sapiencia, sin más. Elevado proyecto sin lugar a dudas.
Aviso de nuevo para nuevos navegantes conmigo; soy un apasionado de cómo nació la físico-matemática y de sus implicaciones, inmensas para la civilización occidental (y cualquier otra). Asimismo soy un gran seguidor de David Deutsch, una de cuyas tesis cito como un mantra: si la ciencia hubiera aparecido bastante antes, ahora estaríamos explorando estrellas y seríamos inmortales. Siempre pienso que lo último debería ir precedido de “casi”; pero se capta bien el mensaje: el conocimiento empírico contrastado ha transmutado nuestra sociedad, ¡sin más!
Respecto a ese antes, bien podría ser en la Alejandría antigua; muchos historiadores se siguen preguntado por qué no fue allí (con la cantidad de pitagorines que se acumulaban) sino en la Europa renacentista. Más argumentación habitual…, lo que dio ventaja a la sociedad occidental respecto a la china para el surgimiento del capitalismo & progreso, fue la ciencia galileo-newtoniana; en ésta teníamos monopolio, primeros y únicos en aquellos tiempos.
En El Cautivo D. Alejandro busca desentrañar qué es la capacidad artística, centrándose en su forma de literatura; y concretamente en la capacidad para contar historias de manera efectiva. En otras palabras (o las mismas), qué hace a un gran novelista, el hombre que relata. Para ello ha elegido para lo último suyo (a través de otras cuestiones, una de ellas la homosexualidad) como sujeto al más grande de todos ellos.
Para continuar, porque no, no quiero dejarlo aquí, ya que esto es muy divertido (interpretar las motivaciones de otro)…, arrimo el ascua a un paralelismo facilón. Si nuestro cineasta muestra nítida inclinación hacia grandes temas, a lo máximo, p. ej. en el conocimiento (nacimiento de la ciencia) o en el arte (Cervantes), es casi de John Watson ponerlo en relación con Orson Welles.
El Chico Maravilla del cine comenzó (a ganarse el sobrenombre) como Charles Foster Kane, uno de esos individuos “más grandes que la vida” (¡una de esas expresiones anglosajonas que me encantan!): otro Máximo, como Galileo o Cervantes. Y así continuó con Macbeth, Othello, Mr. Arkadin. Un inciso (o quizás tres); este último lo juzgo muy orsoniano (no oxoniense), y me juego el cuello a que podría haber sido otra obra (muy) maestra, pero… le faltó un montón de pasta gansa para la producción. No nos olvidemos de Quinlan, y el mejor plano secuencia con desplazamiento hasta entonces, y posiblemente post-entonces.
No sólo en sus, escasos ¡ay!, trabajos directoriales sino en sus papeles hay muy muy frecuentemente un rasgo de “más fuerte que la vida”, demasiado grande para este mundo (quizás no para otros, donde El Gato está muerto). Bien, hemos de admitir que El Genio también ser hizo muy grande, por su afición a la buena gastronomía; pero, no es sólo eso. Hay en Welles una predisposición, irresistible al parecer, hacia lo excesivo, lo desmesurado, hasta metafísico: ¿simple arrogancia?, ¡soberbia heleno-trágica? Espero sinceramente que no; en cualquier caso esa pasión por lo no-mediano nos ha dotado de los mejores largometrajes. Y junto a ello grandes papeles, de hombres…, digamos (con prudencia) poco corrientes: Cagliostro, Harry Lime, César Borgia, Will Warner (¡vaya personaje!), el rey Saúl, Robert Fulton, Benjamin Franklin, Cardenal Wolsey, Tiresias, Justiniano, Théo van Horn, Long John Silver, J. P. Morgan, Richard Wagner, Winston Churchill… Y me dejo algunos en el teclado; y muchos (si no todos) tipos fuera de serie, hors-catégorie que dicen en El Tour. Pido disculpas por citarlo, otra vez… Claude Chabrol tras esperarle bastante tiempo para La Década Prodigiosa: Sólo Orson Welles puede interpretar a Dios; adjunto emoticono de ¡dios sabe qué! ¿Estamos ante un caso evidente de incondicional complejo de no-inferioridad, que debía haberse tratado con fármacos y psicoanalistas, en vez de con la creación de películas? Lo dejo a su criterio; pero yo, como Vds., me quedo con los productos: inmarcesibles y no-irrelefantes.
Se sobreentiende que todos estos contenidos de gran calado van acompañados de una Forma de igual calidad (superior) cuando el Wunderkind se coloca tras la cámara: composición pictórica, edición de las tomas, fotografía & iluminación, planos secuencia con desplazamiento, profundidad de foco (Gregg Toland, ¡importantísimo!); en suma, maestría con el lenguaje cinematográfico. Igualmente se presupone una correspondencia con p. ej. Cervantes, y la misma competencia en el lenguaje (sin adjetivos): figuras literarias, inventiva, tempo narrativo/facilidad para relatar. Más correlaciones: Dante, El Bardo del Avon, Goethe, Victor Hugo, García Márquez… Nuestro cineasta madrileño no alcanza esas cumbres, ¿todavía?; pero estoy seguro de que lo pretende, ante todo en los guiones.
El “peligro” respecto a Orson es que los cataloguen por los idearios de Übermenschen (incluye Männer y Frauen); o de los héroes de Ayn Rand (Howard Roark, John Galt): ¡lagarto, lagarto!
-Un profesional: Estos músicos tocan bastante bien. – Richard Wagner: Bastante bien, ¡no es suficiente! Y éste último era el compositor predilecto de Herr Adolf, ¡cocodrilos! En este caso me coloco la toga de abogado defensor, puesto que D. Miguel (y D. Guillermo igualmente) habría afirmado: Escribir adecuadamente bien, ¡no basta! Por el mismo sendero Wyler le espetó a su Ben-Hur en los comienzos del rodaje: Chuck, ¡tienes que darme más!
D. Alejandro, ya desde Tesis, es nuestro Chico-Genio celtíbero; e igualmente ha buscado argumentos & caracteres fuera de lo ordinario, próximos a lo filosófico. Unos replicarán que el quien mucho abarca poco aprieta, que ha ido demasiado lejos, que ha mordido más de lo que puede masticar (¡otra de locuciones inglesas!). De nuevo me agarro (y disfruto) con sus trabajos. Reconozcamos asimismo que quien se propone pequeñas metas, es difícil que alcance las magníficas; ¡que Amenábar siga por su ruta acostumbrada! Ya que se siente cómodo con la Excelencia, mi propuesta es que sus siguientes proyectos barajen p. ej. (en acelerado cribado): Miguel Ángel, Velázquez, Rembrandt, Arquímedes (mi favorito para lo próximo de C. Nolan, aunque él ha preferido a Odiseo), Newton… Respecto a este último me responderán Vds. con las manzanas no hay material para una buena historia (como las de D. Miguel); pero estoy en total desacuerdo: acabo de repasar lo de D. Isaac como director de la Casa de la Moneda Real. El asunto que desconocía es que además de enviar gente a la horca (bien sabido), actuó, disfrazado, como detective para pillar a los falsificadores…, ¡Sherlock! Aquí hay para otra de Amenábar: derivadas, integrales, gravitación y policías-ladrones/Hitchcock; vamos, filón para un guión inmejorable.
Otra posibilidad sería Einstein, o Feynman (mi recomendación anterior para C. Nolan), o alguno de esos hombres (y mujeres) que han sido Creadores. No lo llamen elitismo, califíquenlo de séptimo arte nada más: de éste hay muchos tipos/géneros (como en botica), y algunos sobresalientes no son neorrealistas.